A.

Con cuántas cosas te he intercambiado en los sueños,
nombrar cada una de ellas nos llevaría toda la jovialidad
de esta velada enigmática:
tú, sobre la terraza, apreciando el infinito;
yo, desde la contrapunta, confiando en que mis ojos te observan.
Nada entre nosotros; solo el virtuosismo de una avenida y la otra.

Le pertenecemos a esta distancia: te desprendo de las calles
por donde sueles ocultarte,
te he violentado en algunos sueños, algunas veces.
Has permanecido como una quimera.
Indignación para mirarte, para…

y aunque he escuchado tu voz entretejerse en las conversaciones,
y aunque he visto tu prisa cuando la lluvia arruinaba la calidez,
y aunque mis conocimientos sobre tus formas rebasan
incluso la credibilidad de un hombre cuerdo,
incluso, en tal obsesión, permaneces oculta. Tras el sueño.

Con cuántas cosas no he tenido que despedazarte para invocarte.
Con cuánta magia he tenido que solventar esta ausencia.
Me llenado de veneno, de fármacos, de antídotos, de drogas para
satisfacer la carne. Una desolación impura de no poder gozar
de aquel cuerpo cuando la impía oscuridad nos asienta, cuando
la privacidad es un ángulo recto para el placer; cuando aparecen
los enervantes, cuando son las 12:53 y la luna luce fulgurosa.

y aunque el perfume se sigue desprendiendo en el aire
y aunque tu llanto supera el enigma de este silencio,
y aunque mi nombre sea desconocido para la causa
incluso la inoportunidad de los acontecimientos
nos llevará a salir del escondite,
a buscarte,
tras el sueño, tras el sueño.

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Sobre las drogas y otros pormenores.

Desconozco el número de ocasiones que he dado una opinión a través de este medio; después de todo, reconozco deficiencias en este pasatiempo. Es decir, soy únicamente un fanfarrón con acceso a la comunicación, sin embargo, a pesar de esta nula capacidad, desde hace días se ha topado conmigo una noticia que me ha generado cierta curiosidad, el encabezado no es tan ocioso, pero parafraseado anuncia “Cómo las drogas parecen estar vinculadas a la estimulación de eventos religiosos y asociaciones espirituales en personas ateas” (no malinterpreten mi curiosidad, no sé siquiera cómo definir a Dios)…

Empecemos por esclarecer que el estudio es netamente interesante: científicos experimentando con las mentes y los fármacos para redireccionar al hombre moderno con una conexión espiritual casi muerta. Los años de modernidad, los años que acarrean al “hombre omnipotente” contra la máscara natural de la violencia, parecen ser también los años en donde el hombre ha decidido despojarse de la fe y lo desaprobado para la ciencia; y aun cuando este parece fenómeno tener un orden, lo cierto es que origina vertientes engañosas: una de ellas, nos alejó de la presea humanista que hace creer que toda la humanidad es un ente con vida. El hombre se ha vuelto físicamente portentoso, sutilmente intelectual, ha destrozado a las figuras de madera y las ha arrojado al fuego, sin pensarlo. Ha aceptado cada pecado sabiendo que el futuro preparará consecuencias bien habidas, pero ¿a qué costo?

La época magna de la comunicación, del auge tecnológico, de la búsqueda inconstante del universo viene también marcada por explosiones, vuelos de pólvora en donde los animales se destierran, exilios mentales, disparos y más disparos, huesos y carne. La época de la depuración, del crecimiento exponencial, de las desapairicones y las masacres, del nombramiento banal de cada uno de los comportamientos. Algunas personas dicen que es normal, que esto ha sucedido siempre. La humanidad profesando el individualismo. El hombre encaminado hacia el confín del Universo, saltando y dejando la peste a sus pasos.

El rodeo parece ser innecesario, ¿qué de gracioso puede tener el título de un artículo cualquiera y qué nos ofrece el contexto mencionado? Bueno, es sencillo: la modificación del humanismo quizá sea posible, quizá podamos volver a temerle a los truenos, quizá esto sea igual a descubrir el fuego. Huxley confiesa que “[…] de un modo u otro las autoridades eclesiásticas” (y no solo estas, sino todo el mundo en sí) tendrá que vérselas con los fármacos (o transformadores de la mente) y habrá dos opciones: las aceptarán (indistinto a ello, las drogas seguirán ahí, extendiendo su reinado entre las sombras; porque algo también debe ser confesado y puede que esto sobrepase la neutralidad, pero la farmacología ofrece un circuito de emociones incomparables). Las adicciones tienen vida (no hay que obviar el problema; es lo que es). Sin embargo, son capaces de conllevar un fenómeno psicológico y, podría generarse esa aceptación que el pensador británico emana, aunque sin conjeturar de qué forma positiva podría vislumbrarse tal evento pero, siendo lo suficientemente sincero (como pocas veces creo que lo seré), pienso que estas sustancias pueden generar la profundización espiritual y malgastar las nimiedades (recordando a De Quincey), otorgarnos una posibilidad para redimir algo que, en esencia, es pútrido: el hombre odiando al hombre.

Confieso mi creencia ciega en lo manifestado por Huxley: el próximo renacimiento religioso no estará dirigido por el más famoso presentador televisivo, ni el diácono de características fenotípicas gratas. No. El próximo devenir del mundo yace en las manos de los fármacos, la bioquímica pura entrando en juego para ofrecerle a los hombres una “autotrascendencia radical”: una revolución de la conciencia, del espíritu y de la razón de la vida, “[…] del trabajo, las obligaciones y las relaciones de todos los días”.

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[…] Resulta fácil admitirlo. “Decidiste caer en este sutil laberinto”. Es fácil otorga medicación. La medicina no requiere tanta gracia: también es una adivinanza mundana. Es sencilla; una receta de cocina con tecnicismos que promueven el ego. La cura yace en la síntesis y la transformación. Suprimir las adicciones debería ser una insensatez: el enigma no es el fármaco sino la facilidad de optar por un comportamiento. ¿Qué ha sucedido con el hombre moderno? ¿Quién le ha robado la sensación de espitualidad? La mente no se enferma: solo el cuerpo. El enigma se enciende. La mente agripada. El cuerpo erguido por autonomía divina. La boca sedienta por una sed que no requiere agua, una sed que reclama un gusto vergonzoso, un ardor que modula el ritmo del corazón. Un gusto.

Sin el opio, la oscuridad se estremece a través de mis nervios, los recorre y
los paraliza, los enfría, les otorga nulidad ante lo externo; cuando fumo, el sol arde por completo sobre mi piel, el paraíso yace aquí: cubierto con la espuma del mar,
desprendiendo un aroma insaciable que puedo oler a cientos de metros. Cuando fumo salto un poco más hacia el vacío, compro tranquilidad a cambio de vida. Se esconden las esfigies  entre la arena y la irreverencia de este puerto. Las aves danzan, el mar se detiene y cubre el horizonte con el cielo, con la ridiculez del calor más insoportable en años.

Sin el opio solo hay desorden, crítica, terquedad. Sin el opio la sombra habla del pasado,
de la insurrección y de la juventud perdida. Cuando fumo, el dolor es una nimiedad, la soledad una patria y la esclavitud un deseo bien logrado.

29 de agosto, V.

  1. Siguen funcionando los fármacos; se suponía que tenía que recordar la vida contigo. Ahora, apenas sé deletrear los colores de cada garito de tu habitación. El amor es de contrastes. Lo es también la derrota. La farmacología difama a todas las demás ramas cuando se trata de conciliar efectos, de tener cometidos, de lograr edificar mundos. La diseminación sanguínea y la fomentación cerebral son actividades prolijas; la imaginación al desacato, la pérdida insensible del tiempo junto al frenesí del ocio […] así podría ir nombrando cada cosa que ha venido a sustituir el comportamiento emocional. Ahora prefiero el cálido estampe de las moléculas perfundiendo a través de mis nervios. Ahora prefiero el ardor de la garganta con la efusión del humo mágico. Ahora prefiero esta soledad. Las voces se oyen quejumbrosas. Los individuos parecen somnolientos.
  2. Necesito un poco de tu ética para no arrojarme al vacío.
    Necesito de esa ética indeleble para entender las letras;
    un poco de ética para cruzar el Aqueronte,
    para saldar la bruma del olvido,
    para reivindicarme como si fuese un arcano.
    Necesito un poco de ética para resolver el mañana,
    para conjeturar la premonición correcta
    sobre lo que representa el olvido
    y sobre lo que puede ser la eternidad.
    ¡Necesito de ti para siempre!
    Y digo para siempre en son de confirmar que el mar,
    que el cielo y el norte pueden unirse en una algarabía
    sobre cómo la ética occidental resultó una maravilla
    para garantizar la mezcla de la sal y nuestra saliva.
    ¡Una ética llena de colores y gajes!
    Una ética resaltada con sinsentidos para la mente,
    con análisis impregnado de sapiencia divina.
    ¡Una ética desparramada de conceptos!
    Acceso indeleble para el mundo totalitario,
    acceso permisivo para el individuo (¿para cuáles?).
    Representaciones abstractas de ideas ulteriores,
    el lenguaje personal de Dios.
    La supernaturalidad adquiriendo el teorema de las evoluciones
    y la traducción del pensamiento constante de El Señor.
    ¡Ética para congratular la genética y las ciencias venideras!
    Serenidad para creer que lo que digo tiene sentido.
    Ética, para sobrevivir.
  3. El viento erosiona la piel con la misma intensidad que las llamas deshacen el pastizal. El evento cumbre de la primavera parece ser el incendio frágil de las hordas secas, las hojas verdes son segregadas de la función; el viento pesa tanto como pesa el fuego corriendo bajo la piel. Las llamas cubren todo alrededor, no hay sitio para el escape; podría inventarte entre el infierno que estoy presenciando y aun así podría no hallar paz para mi sufrimiento.
    El viento es sinergia. El fuego un amante con dicha. Nada puede resistir la intensidad del calor, por eso los cuerpos hierven durante la embestida sexual. Nada puede competir contra los presagios y establecimientos de la cinética. El viento castiga al cuerpo. Podría creer que me has arrojado al vil desacato del atardecer y el sol; el humo de este lugar anuncia y oculta misterios.
    El viento motiva a las llamas. Estas crecen, fecundan sus raíces con la tierra muerta, consumen todo lo que les ocasiona antojo. Se extienden, danzan, caminan incluso entre el hastío de los riachuelos. El verdor ahora es un mito. El evento primaveral se representa por el grito sordo de los insectos, el escape furioso de las aves y la incomprensión de las estrellas ante la bruma, ardiendo con la intensidad de una confesión: yo he arrojado un esbozo de tu aroma al aire y lo he dejado socorrer con un comburente preciso, con un último beso; hemos ardido, me he deshecho de ti, del mismo modo en que el tiempo y las cenizas sustituirán esta escena.

29 de agosto, IV.

  1. El salvajismo sexual es solo eso; un juego de palabras. La brutalidad y la lujuria no van cuando existe un cariño menguado entre nuestras obras. Es necesario desaparecer ese vínculo emocional por un instante para hacer remeter el sinsentido bestial contra el proceso virginal de una criatura cualquiera. Es por ello, con razón, que debe decirse que el “sexo” en su estado más caritativo les pertenece a los animales, la reproducción, el ritmo otorgado porque sí. Para que se logre atar esta barbarie mesiánica es necesario borrar el cariño por un instante; he ahí la complejidad para entender el gozo de las aventuras y los escondites de amantes; la historia se llena con erecciones y con gritos llenos de espurio. No hay tiempo para la revolución del placer.
  2. La superioridad está remarcada por una injusticia atroz. El débil termina siendo una presa indigna para el cazador. Las espigas del maíz se extienden bajo el cobijo del viento; las flechas son lanzadas con fuerza secular. El viento es una tragedia mal decorada. La tarde se llena con luz suficiente para permitir que los árboles se callen ante la sobriedad del espectáculo: una sola flecha estrellándose desde lo alto de las nubes, cayendo, con un suave desliz, en parábola divina, para terminar incrustada en mi pecho. Una desgarradura. Una inflexión zozobre. La flecha tenía tantas y tantas tragedias; su importancia radicaba en decir que estaba envenenada con un recuerdo ya casi extinto. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─resuena el fondo tétrico. Parece una voz familiar. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─repite, ahora con un poco más de dulzura. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─vuelve a interrogar, parece que charla con el aire. Evoca mi nombre de su boca, como una maldición, como una ideología. “¿A quién le pertenece la suerte? ¿A ti o a Dios?”. La flecha cargaba también la frágil inocencia de un recuerdo moribundo. Es permisivo y necesario contribuir a la sanación emocional; bien creía desde joven que los complejos subsisten. La flecha aquella era de un lugar conocido. La suerte no construía destinos, ni tampoco ofrecía facilidades; aun en su esencia, la misma suerte no respondía ni siquiera a las órdenes de Dios. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─caía la lluvia, mientras repentinamente estaba en uno y otro punto. Besaba sus labios, en tanto le cuestionaba a quién le pertenecía esta suerte de poder amanecer trazando constelaciones en la vaguedad de su ombligo. Los dibujos y las circunferencias, los diámetros y las coordenadas, todas las premisas tiradas y regadas por las sábanas. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─caía con mayor fuerza la lluvia, mientras ofrecíamos nuestros cuerpos a un ritual pagano. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─seguía cayendo la lluvia alrededor de una habitación.

 

29 de agosto, III.

Cuando pienso en ella, apenas logro recordar los efectos que ejercía sobre los relojes; sobre el tiempo, sobre las horas. Cuando recuerdo la forma en que sonreía, también pienso en lo perturbadora que resultaba su ausencia. Sin embargo, apenas logro recordar las huellas de sus manos. Se ha desterrado todo lo que funcionaba de su memoria en mí. Se ha desterrado. Lo he intentado. He tratado de forzar los pensamientos y de creer que los suspiros, las palpitaciones, son respuestas inconscientes ante la incapacidad de describir el aroma de su telar, de redibujar el velo de las pésimas noches. Lo intento, sé que lo estoy intentando. Los remedios parece que funcionan. La chamanería también tiene sus limitaciones. La suerte responde a eventos y leyes que están más allá de mis manos. Dios no logra escucharme; esta queja es intrascendente. Apenas recuerdo el número de vocales en tu nombre; poco puedo afirmar sobre cuánto te desilusiona saber que las nubes se evaporan con los minutos y forman tormentas de arena. Intento rescatarte de la trivialidad.

Es difícil. El 29 de agosto es un día eterno. Hay ocasiones en que siento que te idolatro más de una semana; pero existen otras ocasiones en que jugar con el rompecabezas de tu cuerpo me parece insoportable: no logro encontrar un lugar de ti para esconderme. Es difícil. El 29 de agosto juega a devolverme a la locura. Esto no obedece a un pasado mal logrado, ni un complot juvenil. La genética no ha arrojado la moneda a mi favor, las adicciones han complementado el desarrollo, tu aparición media la paranoia. Como una ironía, haces un cambio en los establecimientos de la temporalidad: cuando existes, el día no se divide. El día, simplemente, es. Cuando desapareces, la noche me aprisiona, me destaza con crueles pesadillas, con fieles convicciones de que, al amanecer, ya no estará nada de ti. Es difícil. El 29 de agosto nos aprisiona. Los días se estancan con fina insolencia. Esta locura omnipotente me mantiene confesado a jurar por todas aquellas penas que se quedaron suscritas al olvido; debo volver a creer en una cura para la rebeldía mental. ¡No te apartes jamás de esta mirada! Húndete en mi compañía cuando sea preciso partir a otro lugar.

 

 

29 de agosto, II.

  1. Ha vuelto a caer sobre mí ese placer fulminante del ocio. Engarzamiento diabólico de mi alma a la nada. He vuelto a probar el morboso furor del vacío; yo mismo me confesé un pecador cuando vi mi reflejo caminar sobre el pasadizo infernal de los gritos, el agua hecha un caudal sangriento; la fenomenología del día vuelta una pregunta más. Volví al sendero de las adicciones, de los desencantos y de las noches llenas de palpitaciones y horrores. La tarde gime con desesperanza pues la Luna se presenta con un baile tenebroso que osa recordar que el silencio es una tragedia bien lograda. Así, así se presume el día. Así se desintegra el orden conforme dejo que toda mi conciencia se vea atragantada por la suerte.
  2. El paraíso es un sueño perdido. Sigue siendo 29 de agosto y los árboles parecen danzar por siempre al ritmo del viento. Las nubes alicaídas también bailan, pero en su respectivo mar de ilusiones, en un mar azul que se refleja en el confín. El paraíso es una cosa. La realidad es un cuadro bien definido. Este 29 de agosto debería ser interminable. Todos los días lucen como 29 de agosto. Ningún día es bien entendido. El calendario es una suerte tirada. El tiempo, un ciclo mal definido. Una cuenta solventada con magia matemática; como la resurrección siendo descrita en los monolitos arcaicos. El paraíso no cabe en una oración. Esto parece ser demasiado simple. El paraíso huele a tu encuentro. El 29 de agosto puede significarlo todo para nosotros. Quién sabe. La realidad es una intención bien organizada: aquí pienso en jugar con los labios, los besos, los cuchillos. Los sacrificios pueden ser condecorados con el festín de tu carne, la noche es una lujuria plena. La farmacocinética y nosotros en medio. El paraíso es para mí una odisea de emociones; suena también a descontrol, caos, frenesí, miseria. ¡Qué bienaventurada debe ser la memoria cuando tiene algo que nombrar de forma repentina! He ahí lo soportable para esta vida: el recuerdo. El paraíso podría ser eso: recuerdos de nosotros, reproducidos en en bucle. Una dimensión costosa de melodías; el fondo de luciérnagas, a punto de perecer, brillando, apagándose, encendiéndose, flotando sobre la noche costera, con la brisa del mar arropando de humedad la ya calurosa penumbra en XXXXX; el 29 de agosto en este sitio tiene el color de un paraíso sin nombre. Aquí destazamos con cada estrella un simple concepto y lo convertimos en papiroflexia aérea; dinámica de suerte, la tiramos desde la azotea del edifico más alto, con el olor de los cigarros y la borrachera a medio camino; la dinámica de suerte embota el sistema y tira del mismo aire para hacer caer cada creación romántica de papel: el avioncito  contra el charco de agua, el sueño deseado por la virgen nocturna. Mágicamente, sentimos que el 29 de agosto es el día más glorioso de nuestras vidas. La farmacodinamia hace de sus gustos, mientras la bioquímica retoma su protagonismo. Nos devora. El cerebro cae rendido. El cuerpo hipnotizado. El amor se crea repentinamente. El paraíso se vuelve una alusión de sustancias y, entonces, en nuestra representación más pura, caemos en la complicidad de las jeringas, los brebajes y los sortilegios sexuales. El paraíso es un juego de palabras.
  3. Ha pasado demasiado tiempo. No he visto el calendario; de hecho, para serte sincero, no recuerdo qué día es hoy. Solo sé que el sol ha salido de nuevo, que las nubes que adornan la soledad azul no se parecen en nada a las vistas con anterioridad. El tiempo se ha ido. He tratado de combatir esta enfermedad con tu recuerdo; te aseguro que trato de sobrellevar cada centímetro de tu rostro en la memoria, solo así puedo afrontar esta terrible anarquía genética: conforme creo que te atrapo en cada relieve de los lienzos donde te he dibujado, más se desintegra tu figura y solo queda de ti una simple ceniza para ser rememorada como un simple dogma. Ha pasado tanto tiempo; podría decirse que los meses se han tragado la vida y que, allá, en el exterior, alguien juega con los imanes y relojes, alguien sobrepasa los ejes y el atomismo. No es posible. No es posible admitir que los días sigan corriendo con tanta espuria. He tenido que recurrir a trazar con las uñas de mis dedos, los contornos de tu piel, en el barro, en las paredes, en las hojas, en los libros, con la intención de no perder ni siquiera el aroma de tus manifestaciones. Todas. ¡Oh! La obsesión viva corre gracias a ti. Te redibujo en cada recámara, te coloreo con cada palabra, cada pared se nubla contigo. Cada instante de esta locura parece llevar tu forma. El sol ha salido y la cordura se cierne con miedo; a penas si soy capaz de recordar mi nombre. El tuyo se ha nublado por completo. Sin embargo, me mantengo consciente en saber que mi corazón se estremece y suspira. Aun sé que la noche llegará para devorarme. Aun sé que al salir de aquí lograré saber que existes.