26 de agosto. “[…] Y después, intentar volvernos a amar”.

Hay en el marco de la ventana un rastro evaporado. Es común hablar de cómo el viento recorre el campo y cómo todas las rosas se mueven unidireccionales siguiendo cada tramo de tus pisadas. Debes de llevar caminando algunos años, lo sé porque luces cansada. Tus ojos no están en sincronía con la sobriedad del día. La puerta es amplia; desconozco por qué no recorriste a utilizarla. También poco sé de cuáles fueron los motivos que te sometieron al abandono: déjame adivinar, ¿se trata de la nueva muestra vanidosa? ¿o es acaso la forma de revelación prodigiosa que tu espíritu le evoca al mío?

Tengo que rescatar todo aquello que aun sobrevive de nosotros, sé que aún existe el tiempo suficiente como para enmendar el daño que nos hemos causado. Las quemaduras pueden sanar. Puedo volver a costurar tu cabeza. Sé que tu lucidez adquirirá la forma de la conciencia maja que tenías la vez primera que nos besamos.

Tengo que encontrarte entre el velo de la garúa, no dejar que las nubes te arrebaten aquel brillo fulguroso. Acostarnos en el verdor del agro. Sentir la humedad vulnerando nuestra piel.

Soy un desconocedor de las artimañas cotidianas. A menudo, olvido incluso el color de tu piel. Debes de tener sed por tanto perseguir aquel espejismo que te ha robado la calma. El viento sigue soplando con intensidad por estos lares; seguramente, la tierra te extraña. El mundo añora tu regreso.

Siempre solías murmurar, dormida, que el cielo era un reflejo de algún circo indomable, yo me aferraba a creer en tus invenciones, después de todo, ¿qué podía ser el cariño sino una complicidad?

Carolina. Tienes la forma de una quimera. El lienzo de tu carne ahora es un laberinto desconocido. Mi cabeza cree conocer tus caminos.

¿Qué es de todo ese estúpido complot que desató la indiferencia entre nosotros? ¿Fue acaso el descontrol de no saber que el fin se acercaba? Suelo creer que pudo más la indiscreción de mis notas. Yo te adoraba con la misma intensidad con la que adoro ver volar al viejo colibrí sobre la estampa de este bosque interminable. Yo te adoraba con la incandescencia volátil que tiene el atardecer cuando sobreviene sobre el contraste amurallado que todavía nos rodea y que nos envuelve en un único sitio. Yo te adoraba porque no entendía de qué modo responder a esta insensatez de buscarte aun sin querer hallarte, de caer contigo aun sin creer que existía una posibilidad.

            Hoy siento que te desprecio.

Carolina. ¿Qué rastros existen del pasado? Incluso tus huellas, en el mar, se han borrado.

            El cielo y sus contrastes. El mundo y sus formas.

                        La tristeza y el rubor. Todo ha cambiado con esta agonía.

Ya nada es del mar. Ya nada es del vapor que baña a los tristes pescadores, sus gélidas añoranzas se pierden entre redes arcaicas. Ya nada es de las circunstancias que nos permiten coincidir por última vez.

La gente de este lugar no responde ante nada, no existe registro alguno para complementar la carencia que me otorgas.

¿Qué queda tras todo esto, Carolina? ¿Cuántas noches has caminado? ¿Por qué ahora te odio tanto? ¿Has vuelto a pisar los bordes de la playa? ¿Has vuelto a reír sin tener que llorar al final?

            ¿Qué hay del rastro de tu cuerpo en la ventana?

                        ¿Qué sigue tras todo esto?

Probablemente, tratar de odiarte poco y, después, intentar volver al mar.

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23 de abril. “Caminabas sobre los límites imprecisos de alguna playa conocida”.

¿Sabes de lo que habla un cuerpo varado en las orillas de la playa?

Puedo sentir, hirviente, el agua recorriendo mis pies. Cada gota del mar se cuela entre mis dedos. He podido sentir en la arena un mensaje, una confesión airosa sobre el lugar en el que debimos haber coincidido.

¿Sabes cuántos años han pasado desde que la brisa del Oeste trajo consigo el recuerdo de tus azares?

Han pasado tantas noches. El cuerpo ha desfallecido. La Luna se ha cercado en el horizonte y se ha estrechado, con ingenuidad, al rocío que cae.

Siento que te invoco, siento que te sueño tanto que hasta dormido soy tuyo. Dicen que pronuncio tu nombre y que me aferro al aire creyendo que se trata de tu pequeño y lúcido cuerpo, que te imagino colgando de tirantes y columpiándote en la lejana luna. Rozando con el fino roce de tus pies al agua. Haciéndolo cosquillas al mar y revoloteándolo hasta erigir olas magnas.

Llegando, con tu espuma, a la bahía.

Al mediodía.

El mar ha subido metro y medio sobre la bahía roja, el huracán se ha llevado a tres pescadores y ahora, el estandarte colocado en el centro del pueblo, está desquebrajado y la furia del oleaje se impone con crueldad para hacernos saber que más allá de donde solo yace agua, existen sueños en cascada que moran con un lenguaje envidiable.  Allá moran las nubes de leche y el cielo de oro, el sol naranja; el que hace dorada la arena, el que amortigua el miedo que se cuela cuando las estrellas aparecen.

Lleno la existencia con pretextos. Cigarro tras cigarro se han extinto cientos de días. El desamparo del aire se llena con la castidad del humo psicotrópico, con el problema respiratorio, con la hulla de fuego, con el alquitrán alrededor de la pleura. Una enfermedad devorando la totalidad de mi mente.

Tú sabes de mis vanos comportamientos. Sabes que lleno la existencia con juegos de palabras, con súplicas y plegarias intrascendentes. Exijo rentabilidad entre el orden y el caos. Me lleno la cabeza con las coincidencias que he vislumbrado para nosotros.

He dejado de creer que más allá del horizonte, existe esa tierra donde no hay reglas ni milagros, donde todo parece ser “un problema lingüístico”. Sé que más allá de aquellos surcos arrebolados, se exime el cuerpo de Dios distribuido por medio de ideas y obsesiones tenebrosas. Sé que tú vienes de “más allá del mar”. Y sé que ahora solo deseo saber dónde te escondes y si acaso puede adivinar qué fue de la última ocasión cuando soñé que flotabas sobre el agua.

Me limito a sustituirte con los vicios más precarios; finjo que, de este modo, lograré la atención que siempre he buscado; pues esta soledad se llena con resquicios de lo que me otorgas: con los fragmentos de tu gélida sonrisa, con la explosión colorida que surge en tu voz, de ti.

De ti, Carolina.

Se magnifica cada tramo de aquel horizonte inexistente. Más allá de estos bordes que solemos llamar “ciudad”, las depravaciones sexuales y nuestros cuerpos son meramente un instinto feroz contenido por las voces que se entremezclan con este amurallado desconsuelo.

Sueño con tu cuerpo dándole caricias a la inmensidad de la tormenta. Siento que tu cuerpo arremete con la espuma en la noche cautelar, que haces de la humedad un complemento ideal para la evaporización de cada deseo. Sé que cuando estoy contigo, no puedo rivalizar contra el ardor, no puede contener el sexo. Tengo que despojarme de la trivialidad y de los principios, de las normas y la sobriedad.

¿Cómo describo anatómicamente tu cuerpo desnudo?

¿Por dónde empezar a conocerte?

¿Qué hay en la frialdad de tu piel?

¿Qué escondes en el azar de la distribución de tus lunares?

Hace días que he estado llorando y solo me aferro a los hilos de la larga falda que arrastrabas, acuática, sobre la orilla indomable. El agua erosionaba tus pies con la misma fragilidad que un beso surca unos labios. Tus prendas rosadas se mezclaban con el brillo de tus ojos oliva y el reflejo de la arena era esquivo ante la lisura de tu cabello.

Cada espectro de la pequeña niña que gime y baila sonriente mientras las espirales de su cintura cautivan al espectáculo masculino. El único espíritu juvenil que se mueve danzante en la cubierta fraternal del agua y las olas.

No hay defectos en ti.

Espero contarte esta historia en el oído.

Espero y sepas el número de ocasiones que el onanismo es una sustitución a tu ausencia.  Espero pueda confesar este cariño irreverente que involucra parafilias y comportamientos sociales aberrantes. Necesito de la frivolidad de tu calor y del contraste de nuestras pieles. Los fetichismos osan ser descubiertos. Incontables erecciones se han apagado para no confesar el rubor obsesivo que siento al tenerte entre los brazos. Si amanecemos equidistantes y sin ningún estorbo, entre la maleza de la arena y el rocío de este espectacular andén, es trágicamente probable que termine nadando dentro de ti.

03 de noviembre, mediodía. “El post-día de los muertos y las sinestesias”.

¡Oh, Carolina! Yo me abrazo abiertamente a cada posibilidad, me gusta el juego matemático de la probabilidad cuando se trata de números y algoritmos contigo. Pienso en el azar y en las formas que las estructuras le conceden orden a las cosas a través de un formulario portentoso que parece tener el diseño de un ser innombrable. Dicen que poco de este rincón del mundo tiene sentido; pero en este rincón del finito te he encontrado a ti. Posiblemente, eso le añada sentido a esto. Y ese determinismo me atrae a ti.

Excluyo aquel dichoso evento aleatorio y desastroso que hace lucir tan obsesiva y poco cabal esta pretensión; después de todo, tú y yo, bajo las estrellas de la ciudad de los rostros, a contraluz, sin tener nuestras manos entrecruzadas, no somos más que simples extraños. Unidos por la mera casualidad de los andenes repletos, de las historias inconclusas de otros sujetos y de la monotonía de un ente que parece no responder a las oraciones. No hay remedio para eso.

Sin embargo, a pesar de ello, sé sé que confiabas en mi cariño, sé que sabías de mi adoración hacia ti. Yo también sabía que tú me querías. Pero, fuera de ello, esto era un engaño bajo el cual yo había decidido embarcarme y carecía de armonía, de medida y funcionalidad.

¡Qué de malo aceptar que uno de los dos imperaba sobre el otro, Carolina! ¡Qué de malo aceptar que de los dos quien más apostaba al fuego era yo! Me sentía gustoso de brindarte esta desmedida unilateral. Ninguna parte de la llama quema con igual rencor ni tampoco la tierra goza de un lugar donde no haya muerte.

Donde haya nada.

Aun pienso en ti y poco entendimiento hay para este desvarío y lo repito porque sé que eliminé la única foto que tenía a tu lado. La única foto que tenía con alguien. Lo lamento, odio mi rostro. No soporto verme en el espejo; no soporto visualizarme con la tez hipocrática y el monólogo reflexivo del sujeto menos interesante. La derrota se posa sobre mis ojos, bebe de mi sangre y comulga con mis días. Suenan las campanitas del velorio cruel en la cabeza.

Una remisión al desengaño.

Ya calla. La psicosis cederá.

Prefiero apagar la luz y recorrer con mis manos el hastío de la barba de meses. Me he “malviajado” con las drogas para disuadir cada uno de mis complejos mentales. He vuelto a leer el Quiroz. Deseo dormir. Aunque, también de ese modo logro mejorar el estado de ánimo. Y no solo eso, en esta ocasión ha ocurrido algo fascinante: me he creado una drogodependencia psicológica que me hace creer que todo lo que hago es producto de mi interacción con los narcóticos y como complemento idóneo, nace una sencilla sinestesia. Pródromos de la psicosis y una verborrea asquerosa.

Traumas infantiles y asociaciones de fractales lineales de tonalidades verdes se presentan al abrir los ojos y entrever que todos los sueños del hombre se sumergen bajo un páramo de luces y bordes delirantes, de construcciones magníficos y praderas sin fin, cameos irreverentes de tinte ocre, nubes magnas de vapor oloroso, fragmentos de aire con aroma  pútrido, el hedor del tiempo. Al mismo instante, surgen emisiones de neón con subsecuentes sonidos y gestos que comienzan a dibujar tu rostro con extensa precisión. Vívidas centellas que afirman la adquisición de tu forma curva y la tonalidad de tu ligera voz que le confieren un fondo cerúleo al caos, irritando cada partícula del sonido con la magia saltarina de tu agudeza vocal. Ahora, comienza el juego de los cambios. Sabes a pomelo con amizcle. Eres una revolución fémina de cuerpos interconectados con desprendimientos epidérmicos de incandescencia añil. Bebes de la misma copa que Hades, y ahora ardes, y ardes, bajo el arnés de la fragua magnífica que sigue bombeando su tenue candela. Ahora ardes, quemas, eres el férreo fuego, adquisición carmesí-rosidina. Brotas con tu color favorito y dibujas el finito con la dualidad terrosa de las hojas danzantes que caen y caen y dibujan el suelo verde veronese, el color de las serpientes emplumadas que se estampan contra toda tu piel, el del rubio sol que no se soporta, que traspasa las paredes que te invitan a ser cruzadas como plantíos. Tu cuerpo comienza a deslizarse, a moverse y dejar tras de sí la fetidez de los cometas teal obscuros, el aroma tenebroso y vinagrante de la soledad; de la soledad eficaz. Todo el lugar se acompaña de los matices intensos de un perfume conocido, emisiones esporádicas de Cacharel, una nota predominante a haba tonka que surca con su velo el ambiente, con una anfractuosa magia que traspasa la pared de luz. Y me evitas, y así me evitas. Evitas que con mi realidad toque tu espacio físico. Intento saber si existes; intento comprobar si queda suficiente cordura, saber si eres poseedora de la capacidad voluptuosa para seguir deslizando en el aire y ocluir aquella materia fugaz y volver a llenar de moléculas aromáticas el complejo del aire. Quedan detrás de ti esos rastros caleidoscópicos con eminencias porráceas, con sus aspectos morbiliformes de malaquita, glauco y sinople. Todo el páramo de colores se hunde tras de mí. Y finalmente eres parte de la pared, la cruzas, estás en ella, sonríes y tu voz comienza a llenar de olores desagradablemente inolvidables el ambiente. Una estricta combinación de vainilla con jazmín, un recuerdo del jardín botánico de la primavera en San Cristóbal, un lapsus de humedad penetrante con gotas provenientes del sistema de calefacción. Cruzas. Cruzas. Cruzas inminente el plano de las divisiones y hundes el concepto de la física con el tiempo. Haces que se deshaga el contraste del azabache con la percepción y del carbón con la oscuridad. Ahora todo es negro. Todo es negro, nuevamente. Abro los ojos y apareces. Y escondes maravillas en tu piel de arena, el tinte de tus pliegues gamuza y el juego del blanco navajo sobre tus mejillas. La coloración leonada de tus ojos por la falta de sueño. El haz perfumado de la soledad y tú. Una piel bendita con el abdomen caqui, las entrepiernas maniobrando el tinte desconocido, los lugares pretenciosos a donde no se puede llegar. Tu nombre formado con fardos de luz, acarreando el arco íris que tanto soñábamos ver en el mundo mozo. Tus labios burdeos, tus labios en salva. Ardiendo en el invierno denigrante de la playa sin agua. Ahora eres un sueño efímero dentro de otro, ahora eres una alucinación.

Lo sé, suena sumamente patético. Pero no debes de pensar en este pormenor. Creerás que solo me atrevo a quererte cuando estoy dopado o anestesiado al mundo; pero no. Te abrazo incluso en la intrascendencia de todo. El mundo se acabará cuando cierre los ojos, o cuando las sobredosis me alcancen.

Todo parece pudrirse sin ti. Estoy seguro de que ni siquiera recuerdas la fecha de cumpleaños. Yo aun tengo la tuya grabada en las terminales de mi cerebro. Posiblemente me decida a llamarte para desear que todo sea bienaventurado en los callejones intransitables. Nos separan los kilómetros que hay de Guadalajara a Nuevo Laredo. Y no solo eso; también unas manías, antecedentes personales no narrados, gajos de indiferencia y abstinencias mentales:

tú sigues soñando con caminar de blanco bajo el vaivén de las campanas y que el mismo vestido se escinda al contorno de tu cuerpo; sueñas con el arroz y el champagne a las cinco cincuenta de la mañana y en el fondo de arena el sonido imperante coreando

It’s strange what desire will make foolish […]
I’d never dreamed that I’d love […]

Yo, en tanto, me mantengo absorto a esperar que no fallezca Abuela.

7 de octubre. “El día está lluvioso. Sé que sueñas con las nubes”.

¡Oh, Carolina! Hoy es el día espectacular de la desolación y la urgencia. El tarareo del corazón hace que seas lo primero en que pienso tan pronto como tomo conciencia de la mañana. Trato de menguar las promesas de vernos desnudos el uno con el otro, mientras tus ojos sonríen y regalan ese delirio juvenil que se vuelve una pasión sexista. Caemos en el rompecabezas de las pieles, pues al recorrerte con los ojos también imagino tus-otras-partes. 

Sueño contigo, sueño con destazar las manías vírgenes que irrumpieron tu desacato femenino, sueño con usurpar esa fobia de creer que el fuego puede deshacernos en una sola noche. Sueño para que sueñes que esta insolencia puede durarte más de cuarenta minutos. Sueño para creer que es posible aniquilar la paradoja de la reestructuración del pasado.

¡Oh, Carolina! Hay tanta humedad en el porvenir de tus ojos. Sé que el amor te “golpeteó” con insensatez y sé que creíste entonces que el mundo era inoportuno contigo. Te autonombraste la “mujer más desafortunada” y lloraste tanto que tu mirada adquirió una tonalidad distinta: tus ojos permanecían inertes. Cosa nada común. Tu aura desprendía esas notas frutales con tintes avainillados y dejos de rosa. La ciudad del fuego olía al amor contigo. Olía a jazmín, chabacano, almizcle.  Quizá por eso caminar entre sus callejones te hería tanto. Quizá porque las marcas de cada lugar te traían a efusión las tardes ingratas, los días incompletos, las noches cortas y los inviernos largo.

Oh, Carolina. Me invades con esa nostalgia cautiva que te obligó a huir.

Cortaste cada páramo de tu rostro, lo deshilaste, descosiste la trama que lo mantenía en su lugar. Borraste cada dogma sobre tu figura y, en la ciudad solo quedaron extraños callejones con olor a combustible, barriles de Cabernillo, y unos H. Upmman que desprendían un asqueroso gemido de salvación.

Se rompieron los labios con cada palabra, quedó un hálito de tu voz, pero poco sobre aquello que conglomeraba tu existencia.

¡No regreses nunca a este lugar!

Hay tanto hastío, tanto heno surcando el aire y denigrando la fragancia que se estampa para siempre sobre las paredes de este sitio. Los árboles siguen delirantes. Las hojas son tan verdes como siempre. Las calles parecen más concurridas; pero todo luce sin forma en esta miseria.

 ¡No regreses a este lugar sin volverte a armar!

Yo seguiré pensando en ti.

Yo aun pienso en ti. Del mismo modo, pienso en el poco entendimiento de este desvarío; y pienso tanto en ello porque me resulta inconsistente abordar el tema de este amor “ilusorio” que no se produjo. No tiene caso hablar de aquello que nunca pudo presentarse. Nuestro amor es un fantasma. Nuestro cariño se trataba de una enmienda sobrenatural; existía por la mera necedad de mi cobijo.

La noche sigue siendo insuficiente para soñar que te pierdo.

            Dime qué es de ti en la ciudad donde no quema el fuego.

La ciudad donde no existen las nubes.

¡Oh, Carolina! Lo lamento tanto. Debo volver a dejar de quererte, o debo dejar de recordarte con tanto frenesí. La psicosis no me permite llevarte tanto tiempo en la memoria. No puedo recurrir a ti como la psicoterapia; esto es un juego de química, genética y azares.

Debo seguir flagelándome la existencia con el remordimiento etéreo de intentar destrozarte, sin explicaciones, de ahora intentar comunicarnos sin tratar de emitir un solo ruido, con el dilema de no poder afrontar que añoraba en ti algo más que una mirada…

Quizá el hedor del tiempo.

Quizá la irreverencia de un gesto.

O el desencanto de una aventura artificial.

Quizá la promesa cruel del abandono.

Quizá solo un beso. Quizá solo el beso.

7 de septiembre. He vuelto a hablar de “la causa”.

Si tuviera el valor de enfrentar las cosas, quizá hoy sería un sujeto distinto. Si creyera en mí, tan pronto como las ideas cobrasen vida en mi cabeza, estas serían dichas. Pero no, nada de eso ocurre. Y, sin embargo, a pesar de esa nula capacidad para asimilar con sensatez la sensibilidad de una situación; a pesar de ello, te confieso que eres “la causa”. Te denomino de un modo tan divagante porque solo así te encuentro real dentro de mi cabeza.

“Es patético mencionar todo esto, ahora mismo, ¿no lo crees?”.

Y digo eso porque, justamente, mientras me susurran, escribo esta barbaridad y, al mismo tiempo, trato de desquebrajar el recuerdo de la única fotografía que tengo contigo. Es lo primero que se me ha cruzado por la imaginación. El único recuerdo que sobra del exterior y de las ocasiones vivaces permanece conmigo. Sin embargo, las drogas comienzan a robarse parte de mi memoria; o quizá soy yo, fingiendo que todo se me escapa de las manos.

Aun no sé cuánto soportará mi cuerpo de este embate locomotor. Aun, en la aflicción, algo me sostiene de modo vívido.

Hay ciertos comportamientos en ti que me invitan a la causa. Y digo “la causa” porque así nombro a la cabalidad de tu recuerdo. Es una compulsión. Pero, déjame afirmar que más que una maldición, luce etérea como una absoluta maravilla. Entre mis arrebatos, vago por las avenidas y justo cuando algún fantasma se entromete con furor, llenándome de rabia impoluta, entiendo entonces que es “la causa” lo que está presente, que eres tú quien me persigue a través de murmullos, que eres tú quien me conlleva a luchar contra toda esta desesperanza.

Después de todo,

¿cuántas causas no han ayudado a extender una guerra?

No, no. No hablo de conflictos contigo; solo de compromiso. Del compromiso de un hombre de infantería cuando se despliega con el pelotón para ir a la muerte.

Por ello eres “la causa”.

¡Qué decirte, Carolina! Me he mentido todo este tiempo; he buscado resquicios de tu maniquí en cada garito de las habitaciones en donde he podido sumir la cara. A donde quiera que voy, siento que estás. Has huido a la ciudad de las máscaras y ya casi no recuerdo el aspecto de tu rostro al mirarme. Sigo pensando en la palidez de tu piel, en la sobriedad de tu cabeza, pero, también en la testarudez de tu intuición. Creo que te quiero de un modo insoportable, al filo de lo sobrenatural.

De lo sobrenatural que es incluso tu presencia.

De lo sobrenatural que se siente todo cuando no hay medicamentos. Cuando solo existe una exquisita abstinencia.

            ¿Abstinencia de ti?

Aún recuerdo tus lunares; como dos gotitas de pudor en tus mejillas, dos gotitas simétricas que jugaban a esconderse bajo la sonrisa sintética. Bajo una sonrisa rosa mexicano. Tus labios contrastaban tanto con tu arena, así como con tu capacidad escurridiza de huir del sol, con la manera de juguetear y contar cuenta tras cuenta dorada del rosario, de mutar en el lapso del atardecer para imitar el modo en que el horizonte se devora al sol, esa sutil manera de esconderse de los ojos de todo el mundo: así, así te recuerdo, Carolina. Así me mantienes en la trinchera de esa vana soledad.

Y te escondes, porque, entre cada escondrijo de mi laberinto mental, se haya un palacio de cristal que reverbera lo que soy y que yo también he escondido. No hay secretos. No se puede ocultar esta enfermedad.

En cada escondrijo del laberinto mental sigue escondida. ¿Qué es lo que tanto me lleva a ti? ¿Serán los cientos de movimientos serpenteantes cuando la soda stereo emulaba Sex on Fire de Kings of Leon? ¿O era acaso tu infinita afición por The Killers?

“All that I wanted was a little touch, a little tenderness […]

I didn’t ask for much […]”.

Sí, quizá era tu forma de querer mutar con el atardecer, con el anochecer, quizá el elemento clave para mantenerse oculta entre el ramillete de rosas que cubre el palacio de cristal. Quizá el sonido chillón de su voz. Quizá la sensibilidad desbordante de su uno-sesenta-y-tres.

                                               Quizá.

Quizá es porque se trataba de ella. Y no necesitaba tratarse de algo más.

Notas (VII).

Érogène.

Nuestros encuentros orales han culminado con erecciones repentinas, eyaculaciones precoces y preguntas sobre si este comportamiento no es casualidad. Se dice, por una parte, que hemos caído en esta práctica indecente del encuentro y la atracción. A donde quiera que el viento nos lleva, se revitaliza la sexualidad primitiva. Si bien es cierto que gozamos de complicidad, realmente se trata de un “instinto” febril que reclama ser curado: mientras follamos a escondidas, también aprendemos a amarnos.

No obstante, hemos perdido varios orgasmos. Incluso, es probable que se haya extinguido el recuerdo de la última ocasión. Sin embargo, podemos solucionarlo a través del erotismo y la ambigüedad: propongo, en tanto, jugar a desnudarte sin el estorbo de la luz, sin la maraña del fuego ni la mirada de la luna; quizá, de ese modo, logremos enfermarnos de nuevo al estimular las zonas erógenas:

cuello, labios, arena, clítoris, amor.

La trivialidad no es buena, mucho menos el rodeo. Hay un lugar específico para la excitación.  La posibilidad de arder se escapa de las manos. Ahora mismo nos aprisiona un deseo más sincero y cruel, una manifestación que se escapa a través del espejo por un pequeño susurro:

─Fóllame, quiéreme.


Ciclotimia.

¿Qué se puede envidiar bajo esta soledad que hiere tanto?
¿Qué se le puede arrebatar al tiempo?
¿Qué hay detrás del velo, qué hay bajo el horizonte?
¿Cómo sustituyo la realidad con una promesa?

Tan pronto cierre los ojos lograré extinguir por completo al mundo. No escucharé ni una queja. No atenderé ni un solo ruido. Nada quedará.

Tan pronto como cierre los ojos, uno a uno irá muriendo. Cada voz se hará cenizas y cada cuerpo se estremecerá contra el olvido. Nada quedará. Ni una sola culpa.

Todos los nombres serán borrados.


Fiebre.

Hay un reclamo en mi pecho; un grito y una exclamación que se han malinterpretado con el paso de los años. No, no soy un mal sujeto. Quizá un mal amante, pero no un mal sujeto. Posiblemente esté equivocado y todo esto vuelva a malinterpretarse, pero hace días que he pensado en la forma que una sonrisa se deslizaba sobre tu blanca piel, tu piel tan idéntica a la nieve. El carmesí de los labios brillaba con grata intensidad. La flama se erigía sobre una boca que era una emisión candente; roja, roja, roja viva, roja como la sangre, rojo como el amor. Este hecho puede ser malinterpretado por decir que tal recuerdo me induce a extrañarte. Todo lo contrario. Me causa ahora resignación e insatisfacción. El color rojo de tus labios contrasta con toda la palidez del cuerpo, con el tinte cianótico de pies y manos, con la sensación trémula en tus ojos que miran el azul del cielo, conllevando la rivalidad de no saber si el hastío e injusticias del mundo caben sobre una oración.

No debimos destruirnos; se suponía que existía un método para permanecer juntos. He estado comulgando con tu recuerdo. ¿Te imaginas rehacer un libro desde sus cenizas? ¿Tras el incendio? ¿Lo imaginas? Resolución eficaz a todos nuestros problemas, a toda esta fascinación de ya no saber qué es lo que busco de ti, qué es lo que hallaré en un lugar donde no existes. Hay un reclamo porque debí de protegerte; el juramento era sencillo.

Hay un reclamo porque también hay una culpa. Aunque también una leve satisfacción. No sufriremos más con esta manía de querernos y no querernos en varios instantes del mismo día. No volverán a perderse los besos en el acantilado hacia una mejilla o hacia alguna esquina del mundo. Violencia. Desacato. Eso y todo un argot fenomenológico de asociaciones, de palabras. Busco defectos conforme huyo de ti. Ahora tu blanca piel contrasta con el sollozo del misterio y, aun cuando arde una efusión de rencor, y aun cuando mis manos están manchadas con tu sangre, brota, aun así, un tenue latido de tu magno pecho. Sé que nos seguiremos queriendo; sé que lo harás tanto como yo a ti.

Notas (VI).

Mons Pubis.

Qué injusticia esta de correr detrás de tu cuerpo, de perseguirte bajo los diafragmas de la noche y amanecer sin ti, esperando tu llegada desde la tierra de los buitres y las brujas. Qué despedazadora la confesión del amante clandestino al afirmar que, efectivamente, dormías en otra cama, soñabas en otro sueño, gemías con otra voz. Qué injusticia perseguir el “amor” que huye siempre y que parece surgir, de forma única, cuando los sujetos implícitos se abrazan. No hay más; solo un resquicio de algo. Una aberración. No hay modales que conservar para hablar de este tipo de fenómenos; son sobrenaturales y obedecen a la propia impotencia.

¿En qué lugar del mundo recobraré el sentido? ¿En qué punto se rebobina el tiempo para recuperar el trozo de sensibilidad? ¿Cuántos labios se necesitan para poder acercarnos? ¿Cuántos fragmentos del prójimo son necesarios para sustituir la ausencia del fantasma rosa? ¿Me quieres? ¿A dónde nos llevan todas estas aflicciones? ¿Qué eres y por qué me aterras tanto? ¿Nos volveremos a ver?


Suicidio.

Hoy comienza la temporada de huracanes. Hoy, los perros ladran como nunca; tal vez quieren decir algo. Hoy, un niño lanza al aire los juguetes, camina hacia la ventana, sube sus pequeñas escaleras y salta hacia la nada; donde prevalece el arrepentimiento, donde se mezcla el aire con la voz, e impacta su cuerpo contra el precipicio. Al mismo tiempo, un hombre pelea con su sombra, huye de ella, le vuelve a gritar.

Un disparo sale de ninguna parte.

Finalmente ha llegado a la ciudad el circo fenomenal de los exorcismos y las penitencias, comienza la hora burda de los actos de fe; las cartas mal escritas y los nudos mal hechos. Se ha presentado, en una función estelar, el hombre colgado sobre el trémulo del cielo, se han escuchado cuatro disparos más en alguna habitación de la esplendorosa ciudad.

Nadie dice nada. Todos miran con asombro. Conversan con sus  fantasmas.

Del otro lado del mundo, alguien combate con una farmacodependencia para forjar una arcadia sin credo, para intentar escribir un conjunto barato de razones fenomenológicas donde se explique por qué hasta en este momento ocurrió el suicidio: por qué no ayer, por qué no después.

Se escribió todo esto porque nadie llegó. Ni un solo aliento se posó sobre la perilla de la puerta abierta; nadie intentó siquiera arrebatar el bien material del lugar sin sentido, ni siquiera la tormenta entró por la ventana. Se escuchaban ciertas frases provenientes del exterior; pero eran solo ecos de los fantasmas de aquellos que habían ofrecido la ‘bondad’ de su amistad. Se escribió porque ahora solo quedaban muecas y gestos, más no alguna sonrisa.

El hombre ahora se mece consigo mismo y baila con la libertad bajo la lluvia, baila con el trueno y con el ardor. Se enlaza con todos los nudos, ingiere la nueva y última sobredosis efusiva, suelta los disparos y termina callando a los perros.


Himen.

La apertura oval de nuestros deseos; el tinte de la invitación. La lengua erosionando la tierra de la mujercita rosa. La cubierta delgada haciendo una división entre el pudor, la virginidad y la violación vertida en el voyerismo. Nada está prohibido en el país de la invocación y el amor. Un juego de contornos con el ápice de los dedos, una mezcla de humedad con el interior y los labios; cientos de besos para contener el temblor de las piernas, para detener el orgasmo a pesar de la complicidad. Un grito hendido por la furia de la penetración.

Cientos de pajaritas volando tras el sonido del fusilamiento. Seis miedos decapitados y nueve lugares a los cuales escapar, siguiendo el estímulo hecho espasmo; el movimiento espontáneo, el péndulo de pasividad, la niña saltando sobre el falo sureño. El entrecierre de los ojos, la desviación de la mirada, la visión absorta y la voracidad del tiempo. La niña hecha promesa, la mujer elevada al cielo, la falta de diferenciación entre las noches de carretera y el baile de las zorras en la jaula.

Un ardor y una mezcla impoluta de emociones que se ciernen desde el cuello hasta el vientre, en tanto ocurre el azote de los cuerpos juveniles. No quedan rastros de aquella división efímera ni de la flagelación cariñosa puesto que fue devorada por las riendas de la bestia espermática. Corren unas cuantas muestras de sangre más el éxtasis momentáneo supera cualquier obra divina presente. Una ninfa siendo desgarrada y lanzada al exterior, con los miedos suprimidos, con el desliz del amor, sin ningún solo tabú en los límites de la boca; degustando del arte unánime de lucir enamorada la primera vez que se visita la frontera del país del sexo.