29 de agosto, III.

Cuando pienso en ella, apenas logro recordar los efectos que ejercía sobre los relojes; sobre el tiempo, sobre las horas. Cuando recuerdo la forma en que sonreía, también pienso en lo perturbadora que resultaba su ausencia. Sin embargo, apenas logro recordar las huellas de sus manos. Se ha desterrado todo lo que funcionaba de su memoria en mí. Se ha desterrado. Lo he intentado. He tratado de forzar los pensamientos y de creer que los suspiros, las palpitaciones, son respuestas inconscientes ante la incapacidad de describir el aroma de su telar, de redibujar el velo de las pésimas noches. Lo intento, sé que lo estoy intentando. Los remedios parece que funcionan. La chamanería también tiene sus limitaciones. La suerte responde a eventos y leyes que están más allá de mis manos. Dios no logra escucharme; esta queja es intrascendente. Apenas recuerdo el número de vocales en tu nombre; poco puedo afirmar sobre cuánto te desilusiona saber que las nubes se evaporan con los minutos y forman tormentas de arena. Intento rescatarte de la trivialidad.

Es difícil. El 29 de agosto es un día eterno. Hay ocasiones en que siento que te idolatro más de una semana; pero existen otras ocasiones en que jugar con el rompecabezas de tu cuerpo me parece insoportable: no logro encontrar un lugar de ti para esconderme. Es difícil. El 29 de agosto juega a devolverme a la locura. Esto no obedece a un pasado mal logrado, ni un complot juvenil. La genética no ha arrojado la moneda a mi favor, las adicciones han complementado el desarrollo, tu aparición media la paranoia. Como una ironía, haces un cambio en los establecimientos de la temporalidad: cuando existes, el día no se divide. El día, simplemente, es. Cuando desapareces, la noche me aprisiona, me destaza con crueles pesadillas, con fieles convicciones de que, al amanecer, ya no estará nada de ti. Es difícil. El 29 de agosto nos aprisiona. Los días se estancan con fina insolencia. Esta locura omnipotente me mantiene confesado a jurar por todas aquellas penas que se quedaron suscritas al olvido; debo volver a creer en una cura para la rebeldía mental. ¡No te apartes jamás de esta mirada! Húndete en mi compañía cuando sea preciso partir a otro lugar.

 

 

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