29 de agosto, IV.

  1. El salvajismo sexual es solo eso; un juego de palabras. La brutalidad y la lujuria no van cuando existe un cariño menguado entre nuestras obras. Es necesario desaparecer ese vínculo emocional por un instante para hacer remeter el sinsentido bestial contra el proceso virginal de una criatura cualquiera. Es por ello, con razón, que debe decirse que el “sexo” en su estado más caritativo les pertenece a los animales, la reproducción, el ritmo otorgado porque sí. Para que se logre atar esta barbarie mesiánica es necesario borrar el cariño por un instante; he ahí la complejidad para entender el gozo de las aventuras y los escondites de amantes; la historia se llena con erecciones y con gritos llenos de espurio. No hay tiempo para la revolución del placer.
  2. La superioridad está remarcada por una injusticia atroz. El débil termina siendo una presa indigna para el cazador. Las espigas del maíz se extienden bajo el cobijo del viento; las flechas son lanzadas con fuerza secular. El viento es una tragedia mal decorada. La tarde se llena con luz suficiente para permitir que los árboles se callen ante la sobriedad del espectáculo: una sola flecha estrellándose desde lo alto de las nubes, cayendo, con un suave desliz, en parábola divina, para terminar incrustada en mi pecho. Una desgarradura. Una inflexión zozobre. La flecha tenía tantas y tantas tragedias; su importancia radicaba en decir que estaba envenenada con un recuerdo ya casi extinto. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─resuena el fondo tétrico. Parece una voz familiar. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─repite, ahora con un poco más de dulzura. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─vuelve a interrogar, parece que charla con el aire. Evoca mi nombre de su boca, como una maldición, como una ideología. “¿A quién le pertenece la suerte? ¿A ti o a Dios?”. La flecha cargaba también la frágil inocencia de un recuerdo moribundo. Es permisivo y necesario contribuir a la sanación emocional; bien creía desde joven que los complejos subsisten. La flecha aquella era de un lugar conocido. La suerte no construía destinos, ni tampoco ofrecía facilidades; aun en su esencia, la misma suerte no respondía ni siquiera a las órdenes de Dios. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─caía la lluvia, mientras repentinamente estaba en uno y otro punto. Besaba sus labios, en tanto le cuestionaba a quién le pertenecía esta suerte de poder amanecer trazando constelaciones en la vaguedad de su ombligo. Los dibujos y las circunferencias, los diámetros y las coordenadas, todas las premisas tiradas y regadas por las sábanas. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─caía con mayor fuerza la lluvia, mientras ofrecíamos nuestros cuerpos a un ritual pagano. “¿A quién le pertenece la suerte?” ─seguía cayendo la lluvia alrededor de una habitación.

 

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