29 de agosto, V.

  1. Siguen funcionando los fármacos; se suponía que tenía que recordar la vida contigo. Ahora, apenas sé deletrear los colores de cada garito de tu habitación. El amor es de contrastes. Lo es también la derrota. La farmacología difama a todas las demás ramas cuando se trata de conciliar efectos, de tener cometidos, de lograr edificar mundos. La diseminación sanguínea y la fomentación cerebral son actividades prolijas; la imaginación al desacato, la pérdida insensible del tiempo junto al frenesí del ocio […] así podría ir nombrando cada cosa que ha venido a sustituir el comportamiento emocional. Ahora prefiero el cálido estampe de las moléculas perfundiendo a través de mis nervios. Ahora prefiero el ardor de la garganta con la efusión del humo mágico. Ahora prefiero esta soledad. Las voces se oyen quejumbrosas. Los individuos parecen somnolientos.
  2. Necesito un poco de tu ética para no arrojarme al vacío.
    Necesito de esa ética indeleble para entender las letras;
    un poco de ética para cruzar el Aqueronte,
    para saldar la bruma del olvido,
    para reivindicarme como si fuese un arcano.
    Necesito un poco de ética para resolver el mañana,
    para conjeturar la premonición correcta
    sobre lo que representa el olvido
    y sobre lo que puede ser la eternidad.
    ¡Necesito de ti para siempre!
    Y digo para siempre en son de confirmar que el mar,
    que el cielo y el norte pueden unirse en una algarabía
    sobre cómo la ética occidental resultó una maravilla
    para garantizar la mezcla de la sal y nuestra saliva.
    ¡Una ética llena de colores y gajes!
    Una ética resaltada con sinsentidos para la mente,
    con análisis impregnado de sapiencia divina.
    ¡Una ética desparramada de conceptos!
    Acceso indeleble para el mundo totalitario,
    acceso permisivo para el individuo (¿para cuáles?).
    Representaciones abstractas de ideas ulteriores,
    el lenguaje personal de Dios.
    La supernaturalidad adquiriendo el teorema de las evoluciones
    y la traducción del pensamiento constante de El Señor.
    ¡Ética para congratular la genética y las ciencias venideras!
    Serenidad para creer que lo que digo tiene sentido.
    Ética, para sobrevivir.
  3. El viento erosiona la piel con la misma intensidad que las llamas deshacen el pastizal. El evento cumbre de la primavera parece ser el incendio frágil de las hordas secas, las hojas verdes son segregadas de la función; el viento pesa tanto como pesa el fuego corriendo bajo la piel. Las llamas cubren todo alrededor, no hay sitio para el escape; podría inventarte entre el infierno que estoy presenciando y aun así podría no hallar paz para mi sufrimiento.
    El viento es sinergia. El fuego un amante con dicha. Nada puede resistir la intensidad del calor, por eso los cuerpos hierven durante la embestida sexual. Nada puede competir contra los presagios y establecimientos de la cinética. El viento castiga al cuerpo. Podría creer que me has arrojado al vil desacato del atardecer y el sol; el humo de este lugar anuncia y oculta misterios.
    El viento motiva a las llamas. Estas crecen, fecundan sus raíces con la tierra muerta, consumen todo lo que les ocasiona antojo. Se extienden, danzan, caminan incluso entre el hastío de los riachuelos. El verdor ahora es un mito. El evento primaveral se representa por el grito sordo de los insectos, el escape furioso de las aves y la incomprensión de las estrellas ante la bruma, ardiendo con la intensidad de una confesión: yo he arrojado un esbozo de tu aroma al aire y lo he dejado socorrer con un comburente preciso, con un último beso; hemos ardido, me he deshecho de ti, del mismo modo en que el tiempo y las cenizas sustituirán esta escena.
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