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[…] Resulta fácil admitirlo. “Decidiste caer en este sutil laberinto”. Es fácil otorga medicación. La medicina no requiere tanta gracia: también es una adivinanza mundana. Es sencilla; una receta de cocina con tecnicismos que promueven el ego. La cura yace en la síntesis y la transformación. Suprimir las adicciones debería ser una insensatez: el enigma no es el fármaco sino la facilidad de optar por un comportamiento. ¿Qué ha sucedido con el hombre moderno? ¿Quién le ha robado la sensación de espitualidad? La mente no se enferma: solo el cuerpo. El enigma se enciende. La mente agripada. El cuerpo erguido por autonomía divina. La boca sedienta por una sed que no requiere agua, una sed que reclama un gusto vergonzoso, un ardor que modula el ritmo del corazón. Un gusto.

Sin el opio, la oscuridad se estremece a través de mis nervios, los recorre y
los paraliza, los enfría, les otorga nulidad ante lo externo; cuando fumo, el sol arde por completo sobre mi piel, el paraíso yace aquí: cubierto con la espuma del mar,
desprendiendo un aroma insaciable que puedo oler a cientos de metros. Cuando fumo salto un poco más hacia el vacío, compro tranquilidad a cambio de vida. Se esconden las esfigies  entre la arena y la irreverencia de este puerto. Las aves danzan, el mar se detiene y cubre el horizonte con el cielo, con la ridiculez del calor más insoportable en años.

Sin el opio solo hay desorden, crítica, terquedad. Sin el opio la sombra habla del pasado,
de la insurrección y de la juventud perdida. Cuando fumo, el dolor es una nimiedad, la soledad una patria y la esclavitud un deseo bien logrado.

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