A.

Con cuántas cosas te he intercambiado en los sueños,
nombrar cada una de ellas nos llevaría toda la jovialidad
de esta velada enigmática:
tú, sobre la terraza, apreciando el infinito;
yo, desde la contrapunta, confiando en que mis ojos te observan.
Nada entre nosotros; solo el virtuosismo de una avenida y la otra.

Le pertenecemos a esta distancia: te desprendo de las calles
por donde sueles ocultarte,
te he violentado en algunos sueños, algunas veces.
Has permanecido como una quimera.
Indignación para mirarte, para…

y aunque he escuchado tu voz entretejerse en las conversaciones,
y aunque he visto tu prisa cuando la lluvia arruinaba la calidez,
y aunque mis conocimientos sobre tus formas rebasan
incluso la credibilidad de un hombre cuerdo,
incluso, en tal obsesión, permaneces oculta. Tras el sueño.

Con cuántas cosas no he tenido que despedazarte para invocarte.
Con cuánta magia he tenido que solventar esta ausencia.
Me llenado de veneno, de fármacos, de antídotos, de drogas para
satisfacer la carne. Una desolación impura de no poder gozar
de aquel cuerpo cuando la impía oscuridad nos asienta, cuando
la privacidad es un ángulo recto para el placer; cuando aparecen
los enervantes, cuando son las 12:53 y la luna luce fulgurosa.

y aunque el perfume se sigue desprendiendo en el aire
y aunque tu llanto supera el enigma de este silencio,
y aunque mi nombre sea desconocido para la causa
incluso la inoportunidad de los acontecimientos
nos llevará a salir del escondite,
a buscarte,
tras el sueño, tras el sueño.

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