Sobre las drogas y otros pormenores.

Desconozco el número de ocasiones que he dado una opinión a través de este medio; después de todo, reconozco deficiencias en este pasatiempo. Es decir, soy únicamente un fanfarrón con acceso a la comunicación, sin embargo, a pesar de esta nula capacidad, desde hace días se ha topado conmigo una noticia que me ha generado cierta curiosidad, el encabezado no es tan ocioso, pero parafraseado anuncia “Cómo las drogas parecen estar vinculadas a la estimulación de eventos religiosos y asociaciones espirituales en personas ateas” (no malinterpreten mi curiosidad, no sé siquiera cómo definir a Dios)…

Empecemos por esclarecer que el estudio es netamente interesante: científicos experimentando con las mentes y los fármacos para redireccionar al hombre moderno con una conexión espiritual casi muerta. Los años de modernidad, los años que acarrean al “hombre omnipotente” contra la máscara natural de la violencia, parecen ser también los años en donde el hombre ha decidido despojarse de la fe y lo desaprobado para la ciencia; y aun cuando este parece fenómeno tener un orden, lo cierto es que origina vertientes engañosas: una de ellas, nos alejó de la presea humanista que hace creer que toda la humanidad es un ente con vida. El hombre se ha vuelto físicamente portentoso, sutilmente intelectual, ha destrozado a las figuras de madera y las ha arrojado al fuego, sin pensarlo. Ha aceptado cada pecado sabiendo que el futuro preparará consecuencias bien habidas, pero ¿a qué costo?

La época magna de la comunicación, del auge tecnológico, de la búsqueda inconstante del universo viene también marcada por explosiones, vuelos de pólvora en donde los animales se destierran, exilios mentales, disparos y más disparos, huesos y carne. La época de la depuración, del crecimiento exponencial, de las desapairicones y las masacres, del nombramiento banal de cada uno de los comportamientos. Algunas personas dicen que es normal, que esto ha sucedido siempre. La humanidad profesando el individualismo. El hombre encaminado hacia el confín del Universo, saltando y dejando la peste a sus pasos.

El rodeo parece ser innecesario, ¿qué de gracioso puede tener el título de un artículo cualquiera y qué nos ofrece el contexto mencionado? Bueno, es sencillo: la modificación del humanismo quizá sea posible, quizá podamos volver a temerle a los truenos, quizá esto sea igual a descubrir el fuego. Huxley confiesa que “[…] de un modo u otro las autoridades eclesiásticas” (y no solo estas, sino todo el mundo en sí) tendrá que vérselas con los fármacos (o transformadores de la mente) y habrá dos opciones: las aceptarán (indistinto a ello, las drogas seguirán ahí, extendiendo su reinado entre las sombras; porque algo también debe ser confesado y puede que esto sobrepase la neutralidad, pero la farmacología ofrece un circuito de emociones incomparables). Las adicciones tienen vida (no hay que obviar el problema; es lo que es). Sin embargo, son capaces de conllevar un fenómeno psicológico y, podría generarse esa aceptación que el pensador británico emana, aunque sin conjeturar de qué forma positiva podría vislumbrarse tal evento pero, siendo lo suficientemente sincero (como pocas veces creo que lo seré), pienso que estas sustancias pueden generar la profundización espiritual y malgastar las nimiedades (recordando a De Quincey), otorgarnos una posibilidad para redimir algo que, en esencia, es pútrido: el hombre odiando al hombre.

Confieso mi creencia ciega en lo manifestado por Huxley: el próximo renacimiento religioso no estará dirigido por el más famoso presentador televisivo, ni el diácono de características fenotípicas gratas. No. El próximo devenir del mundo yace en las manos de los fármacos, la bioquímica pura entrando en juego para ofrecerle a los hombres una “autotrascendencia radical”: una revolución de la conciencia, del espíritu y de la razón de la vida, “[…] del trabajo, las obligaciones y las relaciones de todos los días”.

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