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Sobre qué cosas podría contarte en este momento cuando estoy a punto de cumplir sesenta años. Me he vuelto loco. He perdido los días en un santiamén. Busqué por doquier una respuesta a los misterios que autoimpuse a mi conciencia y voluntad; esto es una hipocresía: me he mentido por completo creyéndome una sensación. Idea en mi cabeza, mundo corrupto, me he desvanecido sobre mi propio cadáver.

“Pobre hombre, él mismo se embruteció”, escuchó decir. No, nada de eso. He perdido la chispa, como dicen las mismas voces. Es un tema de la edad, podría decirse que lo es, pero quizá se trata de la poca rigidez de mi comportamiento. Me falta carácter. Pero descuida, espíritu enervante, mi alma será poseída en este próximo cumpleaños por la obsesión y bohemia, las ilusiones y los pensamientos me harán presa de esta terrible pregunta que tanto me atemoriza.

Creo que es una buena edad para ponerle fin a la obra que he me he inventado. Acto natural: morir es también una decisión. Nada del otro mundo: una cuerda. Siento una terrible fascinación por el péndulo y su movimiento. Arqueo divino; el mundo se sostiene sobre un hilito invisible que cuelga hacia el vacío y hace virar el todo en su orden.

Sobre qué cosas podría hablarte antes de que todo tenga un final. Nada del otro mundo: acto sincero. Ya no tengo nada que ofrecerle a nadie, ni siquiera a mí mismo. Me he derrotado. Perdí la batalla en algún punto incomprensible de mi existencia, y válgame Dios; no quiero recomponerlo.

Escucha, no hace falta nada más que el siseo del aire y la timidez del silencio. No necesitamos nada a excepción de un nudo, un soporte y una nota por si los diarios se apropian de una vida.

La ventana y los cielos (vi)

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Trocitos, trocitos de noche. Eso es lo que me ha quedado.
Trocitos para armar una noche completa y usarla de cualquier modo.
Algunas ocasiones para intentar dormir y otras para evitar morir.

Pesadillas, terrores, acertijos.
Pastillas, temores, insomnio;
He intentado forzar el sueño bajo todos los modos.

Son las cuatro y media de la mañana, a penas siento el traqueteo del ritmo.
La alarma está a punto de sonar.
Trocitos de un trébol para pedir un deseo.
No hay forma de evadir el tiempo.

La noche terminará
y el sol segregará
su pequeña luz entre la rendija única del ventanal.

¡Maldita seas! ¡Maldita seas!

Trozos de razón para mediar el día, para sostener el pensamiento y evadir
cualquier intento de autolesión. Ebriedad nocturna, crudeza volátil.

Arde la cabeza con la efusión de un deseo.

Dormir, dormir;
aun cuando el tiempo sea eterno.

La ventana y los cielos (v)

20190821_181037.jpgSe habla en los diarios acerca de los fenómenos nuevos e interesantes que le ocurren al Nuevo Mundo: traspasos de conciencia, clonación sin medida, modificación in vitro de malformaciones, tecnicismos sin acarreo para el populacho, estratos de mercado sin alteraciones, estudios sobre las aplicaciones del plástico. ¡Ah, lo que es el Nuevo Mundo! Marañas de dinosaurios tratando de imponer el Nuevo Orden para crear el Modelo Perfecto: un grupo comprimido a través de la secularización de un ideal, alabando al Dios Mecánico, suspirando por el mejor avance tecno-científico de la semana: un procesador con n núcleos capaz de interpretar el estado emocional, sorpresivo invento. ¿El premio? Un esperado galón de oxígeno.

Oh, no, y yo solo un simple hombre.

Un simple hombre que sueña con la vieja playa, con morir ensimismado por los primeros rayos del sol, con observar el deslizamiento del horizonte. Un simple hombre que desea ver las trazas de sal entretejidas sobre la arena de Puerto Varado, el retorno soñado al lugar de nacimiento. Un volcán para quedarse dormido, un pequeño cuerpo de agua para soltarse a nadar.

Pero vaya a ver uno lo que es el Nuevo Mundo: un laberinto mecánico con bioseguridad y puntos de gratificación para rememorar al Ciudadano Perfecto, aquí se congratula el silencio y se alaba la traición, se construyen estatuas sobre los cuerpos envenenados de nuestros antepasados, se siguen edificando niveles para ascender a la luna y cada amistad se basa en ciertos atributos condicionados antes de nacer.

No, no, no. Sigo queriendo llegar a la playa, circundando con el fuego y la marea hasta el cuello; la marea hasta el cuello, el fuego hasta el cuello. La autosuficiencia del brillo solar debe bastarnos para menguar la mañana, cuando nos acompleje la noche recurriremos a la magia láctea para encontrar motivos entre toda la oscuridad de los escombros, entre la bahía de plástico y los montones de basura industrial que hemos acumulado, las colillas que tengo amontonadas en la esquina de mi habitación.

Oh, yo soy también soy solo un simple hombre.

Un mensaje arrojado en una botella hacia el mar proviene desde el confín teledirigido a la celeridad del Nuevo Mundo: “[…] aquí nada existe sino es literatura abstracta, literatura de biblioteca, literatura de ratón; sin construcciones edificadas, carentes de silogismos, sin axiomas tontos ni ecuaciones con vaga creación para los Ciudadanos Perfectos; aquí solo escribimos porque ”. En este lugar no existe el apoyo para los modelos literarios construidos sobre otros modelos: hay imposición normativa. Panfletos con estructura prosaica, volúmenes dotados de intelectualismo superior, esbozos de sabiduría divina para la élite codiciada, poesía de amor en lenguas pre arcaicas. Cultura luxury para ciudadanos de categoría.

¡Oh, Señor! Yo solo vuelvo a implorar morir encallado entre el coral, las rocas, con los pulmones hirviendo en el sueño dorado de cualquier hombre que no desea algo a excepción de una eternidad. Llegar al hemisferio cargado de viento, agujeros y motores, de energías cuánticas y modelos físicos incomprensibles; quedarme en el otro hemisferio, el de las cascadas y cometas, de liendres y primavera, el repleto de la felicidad que todo el orbe debería presentir.

Oh, señor, deseo seguir mirando el vacío del cielo mientras las aves mecanizadas dejan su rastro.

Deseo seguir mirando el vacío del cielo mientras la tormenta se acerca a kilómetros de nosotros.

Oh, el viento, todo se lo lleva, todo se lo lleva.

Los diarios están repletos de noticias sobre la nueva creación: un lenguaje rotundo para emancipar a la población, para dividir el Viejo Sistema; los gratamente bendecidos forjarán el papel con su pluma obsidiana, escribirán las aventuras de los héroes y sus hazañas, los atributos inexplorados y que ningún otro hombre logrará tener, las buenas nuevas de sus amores y los viajes repletos de maravillas y utopías; en tanto los oprimidos de este lugar narrarán la inmundicia del pensamiento, lo entrañable de las emociones, el patetismo de la esperanza, la mala gana que puede surgir al rezar a Dios. Los diarios estarán cargados de noticias con profecías sobre cómo las noches se alargaron más de lo previsto, cómo la lluvia se volvió un recuerdo sutil del invierno y cómo la sal abatió por completo el agua de este lugar. Cada día estará fechado; la última vez que bebimos agua del río, la última vez que soñamos con estar cegados por la imposición del sol, la última vez que soñamos con morir ahogados en medio de la tormenta.

La ventana y los cielos (iv).

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Perdón por la tardanza, se me anunciaba desaparecido. Grato error, yacía oculto en la soledad de mi habitación, hurgando en alguna tontería que no necesitaba ser esclarecida. Pero vaya, no temas, esta locura no durará por siempre, he visto su final en mis pesadillas.

La temporada de huracanes se reporta “larga y desastrosa” en los medios de comunicación. Pero no temas, vida mía, la lluvia en esta ciudad ha estado por siempre: lo que ves es el reflejo del mar, otro océano abnegado a este sitio. 

Antaño se formaban figuras en los confines del cielo. Tú y yo jugábamos a acostarnos en las rocas para nombrar una tras otra, ¿recuerdas? No estoy delirando, menciono una tras otra nuestras obras. Solo los recuerdos nos permiten permanecer. Hemos dado origen a nuestra morfología juvenil; un estudio zozobre del cielo para las almas y para romper el cliché, el aburrimiento.  Nos queda poco menos de un segundo para contrarrestar la llegada del alba. Nos queda poco de este lugar para seguir deconstruyendo:

 ha cambiado hasta los cimientos, los ríos se han tornado de mimbres oscuros y los árboles se han despojado de su claridad para ser ahora centros de recreación para las aves;
los sujetos caminan con prisa sin saber su destino, solo quieren abastecer el vicio del fin de semanas;
no puedo negarlo,
yo estoy haciendo lo mismo.

Mira, te mostraré algo, una pequeña entrada cobriza hacia un fotograma perfecto. Cuadro por cuadro es notoria la esplendorosa maravilla que hay en este secreto, una ventana sumida en un paraíso efímero.

¡Admira, admira las cien metamorfosis que hay en el horizonte: mira, mira el cielo ardiente, con la misma sutileza del fuego, el cielo rojo, con la imponente llama de la rareza; el cielo nublado, con la avaricia del agua; el cielo impoluto, el cielo fugaz!

¡Aniquila todo lo que hay afuera!
Quémalo todo. Que sean cenizas, que no quede ni un arrebato de aquella vieja revolución.
Quedémonos dentro de este lugar.
Quémalo todo, que sea una mentira el juramento que le hicimos al pasado.
¡Quémalo todo!
Que nadie sepa siquiera qué pasó.

La ventana y los cielos (iii)

20190809_182541.jpgYa no necesito un tema trillado, la vida hará el resto:
las últimos dos actos de suerte obedecen a una naturaleza precoz,
ya no soy el dueño de mi vida,
le pertenece a la inconstancia.
Tomaré el papel que me toca: el imbécil.
Seré el mejor en cualquier actividad digna de bufonería y arrepentimiento.
Gracias por los aplausos,
sus risas me dan para comer.

He tirado suposiciones por suposiciones;
hoy, por ejemplo, admití mi derrota antes de siquiera dar un paso en la senda correcta.
No lo negaré, fue mejor que ayer:
creía que las nubes brotarían con polen y mensajes vertidos en globos desinflados.
¿El motivo?
Una burla propia de este cielo.

No requiero motivación, mi espíritu ha claudicado.
La senda de la fe no es la mía,
otro tomará mi puesto.
Sucesivamente irá cayendo el ejército de imbéciles
y, al final, quedarán los idiotas y los estúpidos
rebelándose contra la corona jovial.
Yo soy solo otro sujeto sin nombre
que necesita colmar la copa de la atención.

¡Ah, los inventos que uno recrea en su argot
con el aburrimiento devorando cada parte de mi alma!

Sálvame, Dios mío, no dejes que esta ciudad y sus pasos me aniquilen por completo.

 

La ventana y los cielos (ii).

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Recuerdo despertar de un terrible sueño en el cual ella y su boca vaticinaban una terrible devastación; si tan solo hubiese sido menos incauto, menos joven, menos orgulloso. Ese día el fulgor de la mañana me abasteció por completo. Recuerdo que nada de lo prometido logró siquiera ser un brebaje, una llama o una ligera pasión abocada al frenesí; en vez de eso, tuvimos que conformarnos con vernos el uno al otro, recostados, sobre el lienzo soñado por otro Dios, para otros fines. Ella y su boca me miraban, en tanto las nubes se reposaban a nuestro frente:

—Parece que hoy brilla más que ayer.

Recuerdo que antes de mí, ella y sus ojos viraban un rehilete en el mundo arcano. Ella y sus ojos creían en los movimientos de las estrellas y en la penumbra de los astros, en la remoción del aire para todos los males, para todos los males. Recuerdo que todo era mejor cuando la inocencia le arrebataba, cuando las flores seguían emergiendo de entre la arena y el mar infinito. Ella y sus ojos seguían sin dirección siendo arrastrados, como el fabuloso rehilete que pendía a un hilo cualquiera.

—Sí, parece que hoy es un día brillante.

Oh, yo recuerdo que lo teníamos todo; la abstracción, el lugar, los castillos y el emporio formado sobre las palabras, sobre los juramentos. Pero quién sabe, por todos los cielos, pero quién sabe. Repentinamente la noche se volvió eterna y los campos se eclipsaron con la brevedad, para siempre.

—Pero juremos algo…
—Pero…

Pero, aun así, dime tú, vida mía, que es posible hurgar en algún recuerdo y rememorar el mundo a nuestra forma, a nuestro antojo, con nuestras virtudes.

Pero, aun así, dime tú, vida mía, si es posible remendar el tiempo como un tejido, como un telar, como un pequeño jardín…

Pero, dime, tú, vida mía, si aun nos queda tiempo…

La ventana y los cielos (i)

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Aun no sé por qué sigo alimentando esta triste enfermedad; lo reconozco, el desinterés es una pútrida decadencia hacia la sumisión, el hartazgo, la inmadurez.  No sé qué sigo haciendo sumido en la ebriedad del tiempo, veo pasar los días con tanta lentitud desde esta ventana que el mismo tiempo se me escapa de las manos cuando logro absorber un poco de calma, he visto pasar las aves, la lluvia, los automóviles infrecuentes y a algunos cuantos sujetos que murmuran, que susurran. ¿o serán acaso mis pensamientos?

No sé qué está pasando en este ritmo que se ha vuelto cansino, solo sueño con llegar a las noches y abastecerme del silencio que mora en el hogar, en la esquina, en la ventana. Un aire jovial me arrebata a cada instante. Desde este lugar observo lo mismo que mira un niño en la virtuosidad de sus sueños: estrellas y nubes por doquier invadiendo un páramo de lucecitas y luciérnagas, fenómenos callejeros construidos sobre pintura neón, pasto creciente que se aglomera con las tempestades y los huracanes en verano. El tiempo oculto con el sol, con el arrebol, con el ocaso.

Aún no sé qué me mantiene tan proscrito a invadir mi cabeza con pensamientos cualesquiera. Sueño con dejar de morder este ciclo que me esclaviza; solo quiero detenerme y despojarme del sinsentido que me abraza. Desde la comodidad de la ventana visualizo el ente de mi miedo, parece vagar entre las sombras sin querer ofrecer una pizca de conversación.

¿Para qué la necesidad de una respuesta sobre mi estancia en esta ciudad? ¿Para qué un motivo? Aquí nada sucede. Aquí no existe el caos ni la notoriedad pública. Aquí los ademanes son señales pasajeras y el amor obedece a gestos involuntarios. Aquí reina la triste suposición de que existen individuos con la misma necedad que corre por mi sangre. Aquí todos parecen tener respuestas, pero nadie puede ofrecer algo más que una mirada y un “buenos días, extraño, he visto su rostro en algún otro callejón”. Claro, claro que lo ha visto. Esta maldita ciudad es del tamaño de un puño.